Que quienes estuvieron este año son pocos, valiosos y merecen todo mi respeto.
viernes, 12 de diciembre de 2014
Lo que aprendí (este año)
Que quienes estuvieron este año son pocos, valiosos y merecen todo mi respeto.
viernes, 1 de noviembre de 2013
[Si me dan a elegir]
viernes, 16 de septiembre de 2011
La cicatriz que elegí
sábado, 2 de julio de 2011
Soltarse y caer
…
domingo, 12 de septiembre de 2010
Intervención
“Retina débil”, había sido el diagnóstico del oculista unos días antes. Pero su secretaria anotó “desgarro” en la orden que me dio para autorizar en la obra social, tras el breve examen del médico:
― Pero… yo no tengo ninguna molestia.
― Tenés una debilidad importante y la retina puede llegar a desprenderse.
― Pero… ¿cómo se hizo eso?
― Es común en los miopes. Pedite un turno para el miércoles y lo tratamos con láser.
― Pero…
― Es una intervención de rutina.
― Pero… ¿saldré viendo bien?
― Por varias horas es posible que no puedas enfocar bien.
― Pero… ¿tengo que venir acompañada?
― No es necesario. Te queda el otro ojo.
domingo, 5 de septiembre de 2010
Feliz
El avión se presuriza, acelera de golpe y despega en cuestión de instantes. Ya estás volando.
Volando.
Sube por una pendiente invisible hasta que empieza a enderezarse. La pequeña ventana que tenés a tu izquierda te deja ver los cerros, ahí cerca, ahí nomás. Dos azafatas se acercan con un carrito.
―¿Le puedo ofrecer algo de beber, señora?
No tenés hambre, ni sed. Pero pedís un té, sólo por pedir. Si tan sólo pudieras abrir esa ventana, atravesaela y saltar sobre esas cumbres por las que avanzás como en cámara lenta, tarareando una zamba sin siquiera advertirlo.
domingo, 8 de agosto de 2010
Credo
domingo, 18 de mayo de 2008
Impulsos
Que nos desesperan, sobrepasan y sorprenden.
Que no aguantamos, presionan el estómago y duelen!
Que generan taquicardia, parálisis y temblores.
Que de a poco pasan, se alejan y adormecen…
Endormez!
C’est ça…
C’est fini.
Pasó, ya pasó.
Hoy tuve unos de esos. Domingo a la tarde. Tarde, domingo. El ciclo vicioso del ordenar/desordenar y el vino. La etiqueta del vino que recorté hace tanto (tanto?) para sacarlo de la mesada de los recuerdos al incinerador de los olvidos. Y ahí estaba, ahí abajo, tapadita, en desorden, sin cofre protector, detenidita en su camino al crematorio. ¿Y ahora? La duda, peluda y eterna. ¿La tiro? ¿Tesoro o basura? Ahora que la guardé tanto…
Y claro, es difícil escapar del propio envase.
Y así, sin más, con puntas mal cortadas, entre medio romperse y medio enreliquiarse, selló su destino. El cuadernito, aquel manuscrito que tengo por ahí y… acá está. Su precario anillado salta en pequeños pedazos al agarrarlo. Hacía mucho que no lo tenía en mis manos. Mucho? Cuánto? Palabras para ber deja entrever la traslúcida contratapa. Y la duda, peluda… Y el impulso y el pulso, que se acelera. Me dejo caer sobre la fría cerámica bajo la eléctrica luz del caer la tarde.
martes, 25 de marzo de 2008
Las familias postizas
Las de ellos, los otros. Las que duran lo que dura la relación. Las que a lo largo de todo ese tiempo ocupan tanto tiempo. Las que obligan a la corrección, a manifestar educación, sentarse derechos, moderar tonos, sonreír. Las que multiplican cumpleaños, condicionan fines de semana, compelen fechas y horarios. Las que son como la de uno, pero -a su vez- tan distintas a la de uno. Las que permiten replantearse la propia, invitan a mirar para adentro y valorar. Las que enseñan otras formas de vida, inspiran deseos y futuros anhelos.Las otras, las familias temporales. Las que abren sus puertas y apuntan escrutadoras miradas. Las que nos evalúan, toman distancia y a veces abrasan. Las que de a poco comienzan a abrazarnos, tras la evaluación y la distancia. Las que se encariñan y nos imponen nuevos términos y ritos y navidades. Las que de a poco pierden sus delicadas maneras y se revelan tan reales. Las que también esconden gritos, nostalgias, cuernos y necedades. Las que bajan las cortinas y empuñan metales. Las que saben a incienso, a canela y a podrido.
lunes, 18 de febrero de 2008
Volver

Con más arrugas en la frente y el paso lánguido. Con la mochila pesada de recuerdos y los zapatos cubiertos de mugre. Con el cansancio acumulado y la sonrisa en los ojos. Con la mirada transformada y las ganas intactas. Con el camino a cuestas y las posibilidades vacilantes. Con la mezcla de alegría y melancolía que produce el saber que, siempre, hay que volver.
Paréntesis.
Tal vez fue un período entre paréntesis.
A veces sirven, como en la gramática, para aclarar las ideas. A veces, también, resultan excesivos, redundantes. De allí, prescindibles.
Supongo que depende del lector, aquel que remata el sentido.
lunes, 5 de noviembre de 2007
“¿Mesa para tres?”
De pronto su discurso cambió. “Vamos a almorzar”, dijo, y el vos y yo resultaba lógicamente implícito.
“Te pasamos a buscar”, aclaró más tarde por teléfono, y el plural quedó resonando como un vago eco lejano.
“Estamos saliendo para allá”, precisó cuando se hizo la hora acordada, y la sospecha de que éramos mucho más que dos se hizo evidente.
La lectura de No focalizo concentró toda mi atención y atenuó la desesperada espera, hasta que el celular sonó impaciente y mi estómago se estrujó en una sinapsis colectiva: “Llegamos. Te esperamos abajo”.
E inhalando profundo apagué la compu, agarré un abrigo, la cartera y salí. Mi paso lento se eternizaba mientras el ¿por qué yo me meto en estas cosas? retornaba sin sentido y sin respuesta.
¿Estarán esperando en la puerta?, pienso al abrir temerariamente el ascensor. Salgo decidida y… no.
Exhalo.
¿Y si no le caigo bien? ¿Si no le gusto? ¿Si grita al verme? Yo me voy. ¿Para qué? No tiene sentido. Si es lo mismo! Es-lo-mis-mo!
Avanzo. Nunca había reparado en lo largo que es el hall de mi edificio. Llego a la puerta y diviso la trompa del auto sobre la entrada del garage. Vamos, nena, que no es para tanto…
Cruzo la puerta, me asomo a la calle y la luz del sol resplandece por un instante sobre los cuatro ojos que se posan sobre mí. Son más claros de día. Los miro y ambos me regalan un abrazo de sonrisas, que se parecen tanto. ¿Tengo que saludar? ¿a quién primero? Titubeos como estos atacan mi cerebro en cuestión de segundos. Y lo paralizan.
Son tan lindos. Él es tan lindo. Y hay sol, y viento, y él se ríe entre minidientes por la ventana. Él maneja y me habla y le habla. Y él contesta y saluda y lo saludan. Y yo… yo, trato de deshacer el nudo estomacal que aún perdura.
“Ya está, viste?”, me dice.
“Y…”, suspiro.
Aún no.
Llegamos al restaurant y hay lista de espera.
“¿Los anoto? ¿Cuántos son?”, me pregunta el mozo.
“Do…”, balbuceo. Y enmudezco.
…………………………………………….
“¿Mesa para tres?”, inquiere birome en mano.
……………………………………………
Y ahí lo miro. A Él y a él y a mí. Y al mozo. Y a Él y a él y a mí. Y sí…
“Tres, por favor.”
sábado, 15 de septiembre de 2007
Con la lágrima fácil

Y asiento, conteniendo las lágrimas que pelean contra los párpados por traspasar mis pestañas.
domingo, 26 de agosto de 2007
Mafaldita
miércoles, 4 de julio de 2007
De queloides y querencias
Hoy me reconcilié con el pasado. En realidad, con una parte de él. Con una parte, diría yo, significativa. Porque temía que este día no llegase nunca. Porque algo me decía que era como aquellas cicatrices que forman queloide y nos recuerdan para siempre lo tontos que fuimos en aquel tropezón, condenándonos eternamente a la pregunta qué hubiera pasado si… elegíamos el camino opuesto.Soy afecta a los queloides, lo confieso. Los médicos (que saben mucho, pero mucho) dicen que tiene que ver con la mala cicatrización. El bultito que sobresale de mi mano derecha, a la altura del pulgar y que tiene forma de una C invertida, es fiel testigo de ello. Estúpido accidente, inocente quizás, patines, la paloma, puerta de vidrio, el freno de mano, o la mano que no frena, lluvia de vidrios, baldes de sangre, el primer casi desmayo, la sangre, la sangre, tan solo la mano. Y hoy, el queloide. Parece decirme, no te olvides, no juegues, no corras, no patines, no te arriesgues.
Hay cremas para los queloides. Un médico (dermatólogo) me recetó una. Todos los días, dos veces por día, una fina capa. Muchos días. “Cuesta, pero de a poco van desapareciendo”, me advirtió. Nada. No pasó nada. Me cansé de la crema. Y de los médicos.
Por momentos no lo veo. Con la crema lo miraba a diario. Lo odiaba, pues me recordaba dos veces por día que tal vez convivía con un vidrio allí adentro (nunca accedí a que me escarbaran). Temía que siguiera cortando carne y en el futuro creciera una enorme infección que inmovilizara la mano.
Casi nunca lo veo. Es una parte mía, una más. Mi mano no sería mi mano sin ese rasgo distintivo que la hace única, diferente al resto de las manos, con un pasado de patinaje artístico frustrado, atisbos de una pista olímpica, figuras infinitas y perfectas, aplausos.





