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viernes, 12 de diciembre de 2014

Lo que aprendí (este año)



Que todo vuelve y la vida es una cadena: de favores, de errores, de aciertos, de olvidos.
Que tengo que decir que no más seguido. 
Que tengo que pedir ayuda más seguido.
Que cuando parece que estamos solos, hay muchos alrededor.
Que en los peores momentos estamos solos, y son muy pocos los que están alrededor.
Que a veces, cuando todo está perdido, aparecen esas personas inesperadas.
Que hay gente nefasta. Gente que no.
Que quienes estuvieron este año son pocos, valiosos y merecen todo mi respeto.
Que nada me importa más que: hacer el recorrido, saber adónde voy.
Que Cerati compuso un par de temas zarpados.
Que la distancia entre emisión y recepción puede ser un abismo.
Que la verdulería tiene delivery.
Que puedo vivir comiendo la misma comida todos los días.
Que no puedo vivir sin: viajar, volar, bailar, saltar, soltar.
Que la energía psíquica (también) tiene un límite.
Que tengo más energía de la energía que creo que tengo.
Que hay que defender la alegría, siempre.
Que el tiempo es una medida relativa.
Que nunca voy a dejar de aprender.
Que poner el punto final puede ser de las cosas más angustiantes, o de las mejores que suceden en la vida.

viernes, 1 de noviembre de 2013

[Si me dan a elegir]

Bailar a caminar

Volar a correr

Nadar a flotar

Soltar a perder

Tirar a guardar

Aprender a saber

Cantar a gritar

Perdonar a pelear

Viajar a permanecer

Buscar a encontrar

Reír a putear

Probar a temer

Hacer a pensar
                       
Saltar a caer

Empezar a terminar

Sentir a soñar

Escribir a callar



viernes, 16 de septiembre de 2011

La cicatriz que elegí



Like Frankie said, "I did it my way"


 
Me llamó la noche anterior. Hizo un chiste, como de costumbre: “Hola, habla la acompañante terapéutica”. Me hizo reír. En el fondo, estaba nerviosa. Quedamos en que pasaría a buscarla al día siguiente, a las cuatro. Antes de despedirse me preguntó: “¿Estás segura?” Dije que nunca había estado tan segura de algo en toda mi vida. “Ok”, dijo, “yo no sé cómo te animás”. Y cortó.


sábado, 2 de julio de 2011

Soltarse y caer



-Bueno, zafaste, eh?

Dijo el traumatólogo al despedirme de su consultorio. Las resonancias magnéticas habían dado como resultado un disco de columna cervical fuera de lugar y una fisura en el menisco interno de la rodilla derecha. Era el equivalente a “vida civil normal” y a una posible operación de rodilla si el menisco no se regeneraba con kinesiología.

Si esa era mi suerte, no sé cuál sería la de los civiles normales.

…  

Voy a encontrarme con mi suerte
Buscando lejos de todo lugar
Lejos de mí

…

domingo, 12 de septiembre de 2010

Intervención


― Quedate quietita. Ahora te voy a poner una especie de lente de contacto en el ojo. Vos sólo tenés que mirar hacia la luz roja.

“Retina débil”, había sido el diagnóstico del oculista unos días antes. Pero su secretaria anotó “desgarro” en la orden que me dio para autorizar en la obra social, tras el breve examen del médico:

― Pero… yo no tengo ninguna molestia.
― Tenés una debilidad importante y la retina puede llegar a desprenderse.
― Pero… ¿cómo se hizo eso?
― Es común en los miopes. Pedite un turno para el miércoles y lo tratamos con láser.
― Pero…
― Es una intervención de rutina.
― Pero… ¿saldré viendo bien?
― Por varias horas es posible que no puedas enfocar bien.
― Pero… ¿tengo que venir acompañada?
― No es necesario. Te queda el otro ojo.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Feliz

 
Enderezás el respaldo del asiento, ajustás el cinturón de seguridad y levantás la mesa rebatible que tenés enfrente. La comisario de abordo da la bienvenida por altoparlante y explica a los pasajeros las instrucciones para ponerse la máscara de oxígeno y el chaleco salvavidas en caso de accidente. Sabés que no lo necesitarás. Viajás en el asiento 13, ventanilla. 

El avión se presuriza, acelera de golpe y despega en cuestión de instantes. Ya estás volando. 

Volando. 

Sube por una pendiente invisible hasta que empieza a enderezarse. La pequeña ventana  que tenés a tu izquierda te deja ver los cerros, ahí cerca, ahí nomás. Dos azafatas se acercan con un carrito.

―¿Le puedo ofrecer algo de beber, señora?

No tenés hambre, ni sed. Pero pedís un té, sólo por pedir. Si tan sólo pudieras abrir esa ventana, atravesaela y saltar sobre esas cumbres por las que avanzás como en cámara lenta, tarareando una zamba sin siquiera advertirlo.

domingo, 8 de agosto de 2010

Credo
















Creo en Dios, aunque cada vez creo menos. 
Creo en eso de que la religión es el opio de los pueblos, y también creo que todos necesitamos un poco de opio. 
Creo que el hábito hace a la creencia, y creo que mis hábitos han cambiado. 
Creo en los cambios y en las casualidades, y a veces también en las causalidades. 
Creo en el azar que inventamos como causa. 
Creo en el amor que nace, se construye y muere. 
Creo que, antes o después, todo muere, y creo que eso es bueno porque, cuando algo muere, los sueños renacen. 
Creo en los sueños. 
Creo que todo lo que hacemos, vuelve. 
Creo que todo lo que vuelve cicatriza y nos ayuda a crecer. 
Creo que, cuando crecemos, nos olvidamos de desear. 
Creo en el deseo como motor insatisfecho y  angustiante de la vida. 
Creo que me angustio sólo cuando tengo tiempo. 
Creo que no hay un destino de llegada, pero que siempre necesitamos ese horizonte. 
Creo que creer es mi horizonte. 
Por eso creo.

domingo, 18 de mayo de 2008

Impulsos


Que cercenamos, reprimimos, atesoramos.
Que nos desesperan, sobrepasan y sorprenden.
Que no aguantamos, presionan el estómago y duelen!
Que generan taquicardia, parálisis y temblores.
Que de a poco pasan, se alejan y adormecen…



Endormez!

C’est ça…

C’est fini.
 
Ahhh –suspiro-.

Pasó, ya pasó. 

Hoy tuve unos de esos. Domingo a la tarde. Tarde, domingo. El ciclo vicioso del ordenar/desordenar y el vino. La etiqueta del vino que recorté hace tanto (tanto?) para sacarlo de la mesada de los recuerdos al incinerador de los olvidos. Y ahí estaba, ahí abajo, tapadita, en desorden, sin cofre protector, detenidita en su camino al crematorio. ¿Y ahora? La duda, peluda y eterna. ¿La tiro? ¿Tesoro o basura? Ahora que la guardé tanto…

Y claro, es difícil escapar del propio envase.

Y así, sin más, con puntas mal cortadas, entre medio romperse y medio enreliquiarse, selló su destino. El cuadernito, aquel manuscrito que tengo por ahí y… acá está. Su precario anillado salta en pequeños pedazos al agarrarlo. Hacía mucho que no lo tenía en mis manos. Mucho? Cuánto? Palabras para ber deja entrever la traslúcida contratapa. Y la duda, peluda… Y el impulso y el pulso, que se acelera. Me dejo caer sobre la fría cerámica bajo la eléctrica luz del caer la tarde.

martes, 25 de marzo de 2008

Las familias postizas

Las de ellos, los otros. Las que duran lo que dura la relación. Las que a lo largo de todo ese tiempo ocupan tanto tiempo. Las que obligan a la corrección, a manifestar educación, sentarse derechos, moderar tonos, sonreír. Las que multiplican cumpleaños, condicionan fines de semana, compelen fechas y horarios. Las que son como la de uno, pero -a su vez- tan distintas a la de uno. Las que permiten replantearse la propia, invitan a mirar para adentro y valorar. Las que enseñan otras formas de vida, inspiran deseos y futuros anhelos.

Las otras, las familias temporales. Las que abren sus puertas y apuntan escrutadoras miradas. Las que nos evalúan, toman distancia y a veces abrasan. Las que de a poco comienzan a abrazarnos, tras la evaluación y la distancia. Las que se encariñan y nos imponen nuevos términos y ritos y navidades. Las que de a poco pierden sus delicadas maneras y se revelan tan reales. Las que también esconden gritos, nostalgias, cuernos y necedades. Las que bajan las cortinas y empuñan metales. Las que saben a incienso, a canela y a podrido.

lunes, 18 de febrero de 2008

Volver



Con más arrugas en la frente y el paso lánguido. Con la mochila pesada de recuerdos y los zapatos cubiertos de mugre. Con el cansancio acumulado y la sonrisa en los ojos. Con la mirada transformada y las ganas intactas. Con el camino a cuestas y las posibilidades vacilantes. Con la mezcla de alegría y melancolía que produce el saber que, siempre, hay que volver.

Paréntesis.

Tal vez fue un período entre paréntesis.
 
A veces sirven, como en la gramática, para aclarar las ideas. A veces, también, resultan excesivos, redundantes. De allí, prescindibles.

Supongo que depende del lector, aquel que remata el sentido.

lunes, 5 de noviembre de 2007

“¿Mesa para tres?”

De pronto su discurso cambió. “Vamos a almorzar”, dijo, y el vos y yo resultaba lógicamente implícito.

“Te pasamos a buscar”, aclaró más tarde por teléfono, y el plural quedó resonando como un vago eco lejano.

“Estamos saliendo para allá”, precisó cuando se hizo la hora acordada, y la sospecha de que éramos mucho más que dos se hizo evidente.

La lectura de No focalizo concentró toda mi atención y atenuó la desesperada espera, hasta que el celular sonó impaciente y mi estómago se estrujó en una sinapsis colectiva: “Llegamos. Te esperamos abajo”.

E inhalando profundo apagué la compu, agarré un abrigo, la cartera y salí. Mi paso lento se eternizaba mientras el ¿por qué yo me meto en estas cosas? retornaba sin sentido y sin respuesta.

¿Estarán esperando en la puerta?, pienso al abrir temerariamente el ascensor. Salgo decidida y… no.

Exhalo.

¿Y si no le caigo bien? ¿Si no le gusto? ¿Si grita al verme? Yo me voy. ¿Para qué? No tiene sentido. Si es lo mismo! Es-lo-mis-mo!

Avanzo. Nunca había reparado en lo largo que es el hall de mi edificio. Llego a la puerta y diviso la trompa del auto sobre la entrada del garage. Vamos, nena, que no es para tanto…

Cruzo la puerta, me asomo a la calle y la luz del sol resplandece por un instante sobre los cuatro ojos que se posan sobre mí. Son más claros de día. Los miro y ambos me regalan un abrazo de sonrisas, que se parecen tanto. ¿Tengo que saludar? ¿a quién primero? Titubeos como estos atacan mi cerebro en cuestión de segundos. Y lo paralizan.

Son tan lindos. Él es tan lindo. Y hay sol, y viento, y él se ríe entre minidientes por la ventana. Él maneja y me habla y le habla. Y él contesta y saluda y lo saludan. Y yo… yo, trato de deshacer el nudo estomacal que aún perdura.

“Ya está, viste?”, me dice.

“Y…”, suspiro.

Aún no.

Llegamos al restaurant y hay lista de espera.

“¿Los anoto? ¿Cuántos son?”, me pregunta el mozo.

“Do…”, balbuceo. Y enmudezco.

…………………………………………….

“¿Mesa para tres?”, inquiere birome en mano.

……………………………………………

Y ahí lo miro. A Él y a él y a mí. Y al mozo. Y a Él y a él y a mí. Y sí…

“Tres, por favor.”

sábado, 15 de septiembre de 2007

Con la lágrima fácil


“Sensible”, me dice al percibir mi estremecimiento en el cine, cuando comprendo que guerras, holocaustos y masacres sobrevendrán frente a mis ojos.
Y asiento, conteniendo las lágrimas que pelean contra los párpados por traspasar mis pestañas.
Respiro, el erizar de mi piel regresa a su normalidad, la nariz se sonrosa nuevamente, y ya está, ya está…
Por un rato.
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Página 12 cumple 20 años. “¡Veinte años!”, pienso, mis veinte años, los del diario, lo que pasó, lo que ya no volverá, lo que sí vuelve, lo que nunca se va.
Son las imágenes, la portada en blanco cuando se firmaron los indultos, el Cordobazo, los estudiantes y sus reclamos apaleados por los eufemísticos “bastones largos”, Cámpora y las ilusiones, Ezeiza, José León Suárez y Walsh, y Trelew y Mugica y los Palotinos y los nietos y Lepratti y las Madres y…
Es la música, los caballos blancos, los hombres de hierro, la rata Laly, el cuadro del fondo del océano y sus palabras que nos vuelven caballitos de mar al escucharlo, la canción para Beto, que mira desde el fondo del escenario y, entre risas, vuelve a colocar el micrófono en su lugar cuando él lo empuja con el hombro mientras, con la letra y la armónica, le agradece que sea sus manos, sus piernas, su alimento, su sed, su amigo.
“Todo está clavado en la memoria”, dice León y yo repito, “espina de la vida y de la historia”.
Y es la danza, cuando su silla de ruedas va y viene y gira, contornea la pista, agita sus brazos, envuelve a su compañera, baila suave y encanta, con sus movimientos, con su expresión.
Mi estómago se estremece, mi pecho se llena de golpe y lo siento subir. No, basta, basta. Llega a la garganta, estrujo mi cara, aprieto los dientes y aún insiste. Se asoma a los cuencos, amaga en equilibrio y la gravedad es más fuerte. La primera lágrima cae y sus cómplices la siguen. Trato de que no me vea. Es tarde. No quiero que piense que soy una llorona, es sólo que… “todo está guardado en la memoria”, esa que pincha hasta sangrar.
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No tenía que escucharlo pero lo hice. ¿Curiosidad? ¿Nostalgia? “La tristeza de una noche en pena”, amanecí cantando. ¿Por qué? Estaría en vivo en la radio, dijo. Tal vez… si me acuerdo quizás… pensé. Y claro que me acordé. Y lo tocó. Su tema, mi tema. En realidad es suyo, pero yo estoy ahí, tan presente. ¿Dónde está? ¿Quién se lo llevó? ¿En qué tiempo y lugar?
“Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia...”
Una noche casual, un verano casual, una tristeza casual. Ayer, hace años, hoy. Las risas de aquel tiempo, epifanía sutil, las lágrimas presentes.
Tal vez, y sólo tal vez, yo también “besé al alma equivocada”.
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Y ahora sé que es (era y será), sobre todo, la música. Esa que nos une, nos circunda, nos hermana, nos recuerda, nos transporta, nos devuelve y nos revuelve.
“La memoria despierta para herir…”, dice León. Y también para producir, para emocionar, para escribir, para no olvidar, y para seguir. 





domingo, 26 de agosto de 2007

Mafaldita

Mafalda tropezó y en la calle se cayó. Y al pasar por un cuartel…

Hasta Mafalda se resigna a ser por siempre Mafalda.

A veces, todas las cuentas le salen mal.

miércoles, 4 de julio de 2007

De queloides y querencias

Hoy me reconcilié con el pasado. En realidad, con una parte de él. Con una parte, diría yo, significativa. Porque temía que este día no llegase nunca. Porque algo me decía que era como aquellas cicatrices que forman queloide y nos recuerdan para siempre lo tontos que fuimos en aquel tropezón, condenándonos eternamente a la pregunta qué hubiera pasado si… elegíamos el camino opuesto.

Soy afecta a los queloides, lo confieso. Los médicos (que saben mucho, pero mucho) dicen que tiene que ver con la mala cicatrización. El bultito que sobresale de mi mano derecha, a la altura del pulgar y que tiene forma de una C invertida, es fiel testigo de ello. Estúpido accidente, inocente quizás, patines, la paloma, puerta de vidrio, el freno de mano, o la mano que no frena, lluvia de vidrios, baldes de sangre, el primer casi desmayo, la sangre, la sangre, tan solo la mano. Y hoy, el queloide. Parece decirme, no te olvides, no juegues, no corras, no patines, no te arriesgues.

Hay cremas para los queloides. Un médico (dermatólogo) me recetó una. Todos los días, dos veces por día, una fina capa. Muchos días. “Cuesta, pero de a poco van desapareciendo”, me advirtió. Nada. No pasó nada. Me cansé de la crema. Y de los médicos.

Por momentos no lo veo. Con la crema lo miraba a diario. Lo odiaba, pues me recordaba dos veces por día que tal vez convivía con un vidrio allí adentro (nunca accedí a que me escarbaran). Temía que siguiera cortando carne y en el futuro creciera una enorme infección que inmovilizara la mano.

Casi nunca lo veo. Es una parte mía, una más. Mi mano no sería mi mano sin ese rasgo distintivo que la hace única, diferente al resto de las manos, con un pasado de patinaje artístico frustrado, atisbos de una pista olímpica, figuras infinitas y perfectas, aplausos.

Hoy empiezo a querer a mis queloides. Con sus formas deformes, sus historias imperfectas, sus horribles maneras. Sus cordoncitos subcutáneos me señalan que dejaron de sangrar. Me recuerdan quien soy, quien era, quien quería ser. Y me dan el empujón para iniciar estas páginas y dejar ya de mirarlos.