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domingo, 31 de agosto de 2014
martes, 26 de febrero de 2013
Agua
La toco. No está fría. Tampoco está caliente. Me siento en el borde. Miro el ambiente y percibo el vaho sutil que se forma en el aire. Respiro un olor ácido, mezcla de cloro y vapor. Me zambullo parada. No llego a tocar el fondo. Me siento liviana, como si yo misma estuviera hecha de agua. Me acerco hasta el borde y me agarro de él con una mano.
¿Por qué tardé tantos años en volver a nadar?
Me impulso con las piernas y me sumerjo profundo. El silencio se interrumpe con las burbujas de agua que me provoco sobre la cara. Salgo a respirar y me hundo de nuevo. Todo es celeste y calmo ahí abajo. El agua es transparente. Casi más transparente que al agua. Miro a los costados y algunas piernas despatarradas hacen burbujas. Miro mis manos, mis uñas rojas sobre el fondo celeste y la línea roja que marca el “peligro profundo”. Salgo a respirar y me hundo de nuevo. Si respiro tranquila, no me canso entre brazada y brazada.
Recuerdo que antes nadaba 25 metros sin respirar. Me tiraba de cabeza y empezaba a avanzar, impulsándome primero con las piernas y luego con los brazos, acompasadamente. Iba soltando el aire despacio, muy despacio, racionando entre soplido y soplido. El borde estaba muy lejos y yo me impulsaba profundo. De a poco, el aire se iba agotando. Y no podía salir a respirar. Tenía que llegar hasta la otra punta. Si me ponía nerviosa, soltaba el aire más rápido. Tenía que estar tranquila. Seguía nadando sin aire nuevo. De a ratos me parecía que respiraba adentro del agua. Porque seguía nadando y largando aire. Aprendí que cuando creemos soltar todo el aire que tenemos en los pulmones, aún queda un resto. Sentía presión en el pecho y me empezaba a desesperar. Pero yo sabía que podía un poco más. Cerraba bien mis dedos para que me impulsaran más fuerte y vencieran la resistencia del agua. Lo veía, ahí cerca, sólo faltaba un poco más. Y, por fin, cuando pensaba que me iba a ahogar en mi terquedad, tocaba el borde. Y salía a la superficie de golpe para inspirar fuerte, boquiabierta y agitada.
sábado, 2 de julio de 2011
Soltarse y caer
-Bueno, zafaste, eh?
Dijo el traumatólogo al despedirme de su consultorio. Las resonancias magnéticas habían dado como resultado un disco de columna cervical fuera de lugar y una fisura en el menisco interno de la rodilla derecha. Era el equivalente a “vida civil normal” y a una posible operación de rodilla si el menisco no se regeneraba con kinesiología.
Si esa era mi suerte, no sé cuál sería la de los civiles normales.
…
Voy a encontrarme con mi suerte
Buscando lejos de todo lugar
Lejos de mí
…
lunes, 22 de noviembre de 2010
Café du cirque
Las estrellas,
sin trapecio,
sin red,
sin una póliza de seguro entre los senos,
y la luna
-97 kilos en la balanza de una botica de Saturno-
que ha dejado caer
su vestido de lentejuelas
-único recuerdo de su vida de "music hall"-
sobre la pista,
donde el mar,
entre tumbos de excéntrico,
enrolla y desenrolla su tapiz.
El programa de siempre:
Pantomima de amor.
Extracto de Circo, de Oliverio Girondo
domingo, 31 de octubre de 2010
El debut
Llegué temprano, para aflojar tensiones y nervios in situ. No quise comer ni tomar nada. Cargué sillas, corrí tablones, ordené mesas, apilé gradas, acomodé butacas. Trajeron un trapecio que nunca antes había usado y lo colgaron a una altura a la que nunca antes había estado. Todos coincidimos en que, a esa altura, no haríamos nuestros números. Lo bajaron un poco, muy poco. Mi profesor amenazó con tarima de madera debajo del trape. Logramos convencerlo con un lindo colchón blanco sobre la tarima.
Subí por una cuerda negra hasta la barra del trapecio. “Probalo”, insistió. Me colgué y empecé a temblar. Las vigas del galpón estaban a la altura de mis ojos. “No voy a poder, no voy a poder”, era lo único que pensaba. Intenté hacer algunos ejercicios, pese al temblequeo de mis piernas, agarrándome bien fuerte de las cuerdas. Terror. Eso sentía. Terror. Y muchos nervios. Y el circo aún estaba vacío.
sábado, 14 de agosto de 2010
La vuelta
Presionás el picaporte metálico de la puerta verde y sentís como si un filo te cortara la palma. Te mirás. Confirmás que no hay sangre, pero tenés los dedos hinchados y tres callos rojos a punto de reventar. Salís a la calle. Empezás a caminar despacio por Iguazú. El frío no ayuda. Te duele todo el cuerpo: empeines, piernas, cadera, antebrazos, brazos, hombros, cuello. Te duele pero sonreís, sabés que aliviará después.
Son las dos y media de la tarde y se acabaron las tres horas de entrenamiento. Te preguntás si algún día tu cuerpo se acostumbrará a la dura barra del trapecio y a sus sogas que aprisionan brazos y muslos. No lo sabés, pero ahora sólo deseás llegar a tu casa para darte una ducha caliente.
Son las dos y media de la tarde y se acabaron las tres horas de entrenamiento. Te preguntás si algún día tu cuerpo se acostumbrará a la dura barra del trapecio y a sus sogas que aprisionan brazos y muslos. No lo sabés, pero ahora sólo deseás llegar a tu casa para darte una ducha caliente.
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