jueves, 23 de diciembre de 2010

8. El músico sonrisa Colinos

Una amiga en común te lo describió como si fuera tu alma gemela. Pensaste que podría andar: músico, folklorista, del interior. Lo buscaste en Facebook y chusmeaste sus fotos. Ella insistía en que el pelo largo tan hippie no le quedaba bien, pero vos juzgaste que no era feo. Se encontraron tête à tête en el casamiento de tu amiga. No te sacó los ojos de encima en toda la noche. Resulta que ya se habían cruzado alguna vez y tenían temas en común. Te invitó a bailar. Sus dientes perfectos sonreían. Te abrazaba para las fotos. Te hacía dar vueltas en la pista. Bailaron vals, cumbia, rock, música de los Balcanes. Te agarraba cual novio de tu cintura. Tu amiga, feliz, propuso un brindis por la nueva pareja. Última sonrisa Colinos para la foto. Chau, mucha suerte, dijo al despedirse.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

9. El ególatra marca Filo

Se acercó y se presentó con nombre y apellido. No tenías ni idea quien era pero te hizo pensar que debías saberlo. Lo intentaste pero no, un completo nadie para vos. Tras tu natural expresión de ignorancia, explicó que era amigo de A, que había publicado B, que organizaba C y que formaba parte del “nosotros los de Filo”. Ah, cómo no haberse dado cuenta antes, pensaste. Te alejaste entre sigilosa y educada. Afortunadamente un conocido llegó en breve y pasaste a una conversación de frivolidades. El evento donde se encontraron estuvo bien intelectual-progre-cool-porteño. De a ratos lo mirabas y él te estaba mirando y giraba su cabeza y hacía como que no. Cuando terminó, intercambiaron algunas nuevas palabras. Agregó que tocaba en D, que estaría en E, que pronto organizaría F. Vos hiciste algunos chistes muy graciosos acerca de lo prolífico de su persona y se despidieron hasta la próxima. Se volvieron a cruzar tiempo después en el lanzamiento de un libro. Notaste su insistencia para que te lo presentaran nuevamente con nombre y apellido, por si no lo recordabas. Cómo olvidarlo, pensaste.

martes, 21 de diciembre de 2010

10. El galán remera celeste

Peña, domingo de diciembre y calor de 30°C. Tomás cerveza inevitablemente caliente con dos amigos, en una mesa compartida con un viejo que los mira de reojo. Lo distinguís a lo lejos, sentado cerca de la pista, cual presto bailarín. Sus miradas se cruzan. Empieza el baile. Con tus amigos arman tríos de chacareras simples, dobles y truncas. Cantás los pasos para los principiantes, como si bailaras desde la cuna. El trío se desarma cuando el galán remera celeste te saca a bailar. Aplaudís, zarandeás, girás, sonreís. Viene un bailecito y el galán remera celeste se excusa y vuelve a sentarse. Tus amigos lo escanean al instante. Lo miran mirarte y se entusiasman. Deciden elaborar un plan para establecer contacto. Vuelven los tres a la pista para que la escena se repita. Pero no funciona. Tu amigo te dice que es tímido. Se cambian de mesa y se sientan justo al lado del galán remera celeste. Pero no funciona. Tu amigo te obliga a cambiarte de silla para quedar de espaldas con él. Pero no funciona. Tus dos amigos te abandonan y se van a observar la escena de lejos. Girás el cuerpo y quedan codo a codo. Por fin inicia una conversación. Que el bailecito, que el tango, que la vida que los trajo hasta aquí. Arranca una banda de copleros. Silencio. Nueva cerveza caliente. Embole de coplas y calor agobiante. Insistencia de tus amigos porque es tan lindo. Sidra helada y chin chin, por el año, por ustedes, por el galán de remera celeste que se aleja entre perdido y tímido. No te gustan los tímidos pero tus amigos no paran de insistir. Fin de la peña. Bondi a casa con el galán remera celeste. Que vive por tu barrio, que toca tango, que frecuenta milongas, que sonríe lindo, que dice que necesita dos vinos para largarse a la pista. Ok, lo aceptás, es tímido. Dice que te ve en la próxima milonga. Decís que ojalá. No te gustan los tímidos.    

lunes, 22 de noviembre de 2010

Café du cirque


Las estrellas,
sin trapecio,
sin red, 
sin una póliza de seguro entre los senos,
y la luna
-97 kilos en la balanza de una botica de Saturno-
que ha dejado caer
su vestido de lentejuelas
-único recuerdo de su vida de "music hall"-
sobre la pista,
donde el mar,
entre tumbos de excéntrico,
enrolla y desenrolla su tapiz.
El programa de siempre:
Pantomima de amor.

Extracto de Circo, de Oliverio Girondo



domingo, 31 de octubre de 2010

El debut


Llegué temprano, para aflojar tensiones y nervios in situ. No quise comer ni tomar nada. Cargué sillas, corrí tablones, ordené mesas, apilé gradas, acomodé butacas. Trajeron un trapecio que nunca antes había usado y lo colgaron a una altura a la que nunca antes había estado. Todos coincidimos en que, a esa altura, no haríamos nuestros números. Lo bajaron un poco, muy poco. Mi profesor amenazó con tarima de madera debajo del trape. Logramos convencerlo con un lindo colchón blanco sobre la tarima.

Subí por una cuerda negra hasta la barra del trapecio. “Probalo”, insistió. Me colgué y empecé a temblar. Las vigas del galpón estaban a la altura de mis ojos. “No voy a poder, no voy a poder”, era lo único que pensaba. Intenté hacer algunos ejercicios, pese al temblequeo de mis piernas, agarrándome bien fuerte de las cuerdas. Terror. Eso sentía. Terror. Y muchos nervios. Y el circo aún estaba vacío.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Intervención


― Quedate quietita. Ahora te voy a poner una especie de lente de contacto en el ojo. Vos sólo tenés que mirar hacia la luz roja.

“Retina débil”, había sido el diagnóstico del oculista unos días antes. Pero su secretaria anotó “desgarro” en la orden que me dio para autorizar en la obra social, tras el breve examen del médico:

― Pero… yo no tengo ninguna molestia.
― Tenés una debilidad importante y la retina puede llegar a desprenderse.
― Pero… ¿cómo se hizo eso?
― Es común en los miopes. Pedite un turno para el miércoles y lo tratamos con láser.
― Pero…
― Es una intervención de rutina.
― Pero… ¿saldré viendo bien?
― Por varias horas es posible que no puedas enfocar bien.
― Pero… ¿tengo que venir acompañada?
― No es necesario. Te queda el otro ojo.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Feliz

 
Enderezás el respaldo del asiento, ajustás el cinturón de seguridad y levantás la mesa rebatible que tenés enfrente. La comisario de abordo da la bienvenida por altoparlante y explica a los pasajeros las instrucciones para ponerse la máscara de oxígeno y el chaleco salvavidas en caso de accidente. Sabés que no lo necesitarás. Viajás en el asiento 13, ventanilla. 

El avión se presuriza, acelera de golpe y despega en cuestión de instantes. Ya estás volando. 

Volando. 

Sube por una pendiente invisible hasta que empieza a enderezarse. La pequeña ventana  que tenés a tu izquierda te deja ver los cerros, ahí cerca, ahí nomás. Dos azafatas se acercan con un carrito.

―¿Le puedo ofrecer algo de beber, señora?

No tenés hambre, ni sed. Pero pedís un té, sólo por pedir. Si tan sólo pudieras abrir esa ventana, atravesaela y saltar sobre esas cumbres por las que avanzás como en cámara lenta, tarareando una zamba sin siquiera advertirlo.