Si he de morir,
que me muera de tanto vivir,
con la furia de la tempestad
incendiándome el alma
al partir.
Si he de partir
que me parta la vida
un amor
y transforme mis huesos en flor
en algún carnaval.
Si he de morir,
que me muera de tanto vivir,
con la furia de la tempestad
incendiándome el alma
al partir.
Si he de partir
que me parta la vida
un amor
y transforme mis huesos en flor
en algún carnaval.
Las de ellos, los otros. Las que duran lo que dura la relación. Las que a lo largo de todo ese tiempo ocupan tanto tiempo. Las que obligan a la corrección, a manifestar educación, sentarse derechos, moderar tonos, sonreír. Las que multiplican cumpleaños, condicionan fines de semana, compelen fechas y horarios. Las que son como la de uno, pero -a su vez- tan distintas a la de uno. Las que permiten replantearse la propia, invitan a mirar para adentro y valorar. Las que enseñan otras formas de vida, inspiran deseos y futuros anhelos.
De pronto su discurso cambió. “Vamos a almorzar”, dijo, y el vos y yo resultaba lógicamente implícito.
“Te pasamos a buscar”, aclaró más tarde por teléfono, y el plural quedó resonando como un vago eco lejano.
“Estamos saliendo para allá”, precisó cuando se hizo la hora acordada, y la sospecha de que éramos mucho más que dos se hizo evidente.
La lectura de No focalizo concentró toda mi atención y atenuó la desesperada espera, hasta que el celular sonó impaciente y mi estómago se estrujó en una sinapsis colectiva: “Llegamos. Te esperamos abajo”.
E inhalando profundo apagué la compu, agarré un abrigo, la cartera y salí. Mi paso lento se eternizaba mientras el ¿por qué yo me meto en estas cosas? retornaba sin sentido y sin respuesta.
¿Estarán esperando en la puerta?, pienso al abrir temerariamente el ascensor. Salgo decidida y… no.
Exhalo.
¿Y si no le caigo bien? ¿Si no le gusto? ¿Si grita al verme? Yo me voy. ¿Para qué? No tiene sentido. Si es lo mismo! Es-lo-mis-mo!
Avanzo. Nunca había reparado en lo largo que es el hall de mi edificio. Llego a la puerta y diviso la trompa del auto sobre la entrada del garage. Vamos, nena, que no es para tanto…
Cruzo la puerta, me asomo a la calle y la luz del sol resplandece por un instante sobre los cuatro ojos que se posan sobre mí. Son más claros de día. Los miro y ambos me regalan un abrazo de sonrisas, que se parecen tanto. ¿Tengo que saludar? ¿a quién primero? Titubeos como estos atacan mi cerebro en cuestión de segundos. Y lo paralizan.
Son tan lindos. Él es tan lindo. Y hay sol, y viento, y él se ríe entre minidientes por la ventana. Él maneja y me habla y le habla. Y él contesta y saluda y lo saludan. Y yo… yo, trato de deshacer el nudo estomacal que aún perdura.
“Ya está, viste?”, me dice.
“Y…”, suspiro.
Aún no.
Llegamos al restaurant y hay lista de espera.
“¿Los anoto? ¿Cuántos son?”, me pregunta el mozo.
“Do…”, balbuceo. Y enmudezco.
…………………………………………….
“¿Mesa para tres?”, inquiere birome en mano.
……………………………………………
Y ahí lo miro. A Él y a él y a mí. Y al mozo. Y a Él y a él y a mí. Y sí…
“Tres, por favor.”