lunes, 22 de noviembre de 2010

Café du cirque


Las estrellas,
sin trapecio,
sin red, 
sin una póliza de seguro entre los senos,
y la luna
-97 kilos en la balanza de una botica de Saturno-
que ha dejado caer
su vestido de lentejuelas
-único recuerdo de su vida de "music hall"-
sobre la pista,
donde el mar,
entre tumbos de excéntrico,
enrolla y desenrolla su tapiz.
El programa de siempre:
Pantomima de amor.

Extracto de Circo, de Oliverio Girondo



domingo, 31 de octubre de 2010

El debut


Llegué temprano, para aflojar tensiones y nervios in situ. No quise comer ni tomar nada. Cargué sillas, corrí tablones, ordené mesas, apilé gradas, acomodé butacas. Trajeron un trapecio que nunca antes había usado y lo colgaron a una altura a la que nunca antes había estado. Todos coincidimos en que, a esa altura, no haríamos nuestros números. Lo bajaron un poco, muy poco. Mi profesor amenazó con tarima de madera debajo del trape. Logramos convencerlo con un lindo colchón blanco sobre la tarima.

Subí por una cuerda negra hasta la barra del trapecio. “Probalo”, insistió. Me colgué y empecé a temblar. Las vigas del galpón estaban a la altura de mis ojos. “No voy a poder, no voy a poder”, era lo único que pensaba. Intenté hacer algunos ejercicios, pese al temblequeo de mis piernas, agarrándome bien fuerte de las cuerdas. Terror. Eso sentía. Terror. Y muchos nervios. Y el circo aún estaba vacío.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Intervención


― Quedate quietita. Ahora te voy a poner una especie de lente de contacto en el ojo. Vos sólo tenés que mirar hacia la luz roja.

“Retina débil”, había sido el diagnóstico del oculista unos días antes. Pero su secretaria anotó “desgarro” en la orden que me dio para autorizar en la obra social, tras el breve examen del médico:

― Pero… yo no tengo ninguna molestia.
― Tenés una debilidad importante y la retina puede llegar a desprenderse.
― Pero… ¿cómo se hizo eso?
― Es común en los miopes. Pedite un turno para el miércoles y lo tratamos con láser.
― Pero…
― Es una intervención de rutina.
― Pero… ¿saldré viendo bien?
― Por varias horas es posible que no puedas enfocar bien.
― Pero… ¿tengo que venir acompañada?
― No es necesario. Te queda el otro ojo.


domingo, 5 de septiembre de 2010

Feliz

 
Enderezás el respaldo del asiento, ajustás el cinturón de seguridad y levantás la mesa rebatible que tenés enfrente. La comisario de abordo da la bienvenida por altoparlante y explica a los pasajeros las instrucciones para ponerse la máscara de oxígeno y el chaleco salvavidas en caso de accidente. Sabés que no lo necesitarás. Viajás en el asiento 13, ventanilla. 

El avión se presuriza, acelera de golpe y despega en cuestión de instantes. Ya estás volando. 

Volando. 

Sube por una pendiente invisible hasta que empieza a enderezarse. La pequeña ventana  que tenés a tu izquierda te deja ver los cerros, ahí cerca, ahí nomás. Dos azafatas se acercan con un carrito.

―¿Le puedo ofrecer algo de beber, señora?

No tenés hambre, ni sed. Pero pedís un té, sólo por pedir. Si tan sólo pudieras abrir esa ventana, atravesaela y saltar sobre esas cumbres por las que avanzás como en cámara lenta, tarareando una zamba sin siquiera advertirlo.

sábado, 14 de agosto de 2010

La vuelta

Presionás el picaporte metálico de la puerta verde y sentís como si un filo te cortara la palma. Te mirás. Confirmás que no hay sangre, pero tenés los dedos hinchados y tres callos rojos a punto de reventar. Salís a la calle. Empezás a caminar despacio por Iguazú. El frío no ayuda. Te duele todo el cuerpo: empeines, piernas, cadera, antebrazos, brazos, hombros, cuello. Te duele pero sonreís, sabés que aliviará después.

Son las dos y media de la tarde y se acabaron las tres horas de entrenamiento. Te preguntás si algún día tu cuerpo se acostumbrará a la dura barra del trapecio y a sus sogas que aprisionan brazos y muslos. No lo sabés, pero ahora sólo deseás llegar a tu casa para darte una ducha caliente.

domingo, 8 de agosto de 2010

Credo
















Creo en Dios, aunque cada vez creo menos. 
Creo en eso de que la religión es el opio de los pueblos, y también creo que todos necesitamos un poco de opio. 
Creo que el hábito hace a la creencia, y creo que mis hábitos han cambiado. 
Creo en los cambios y en las casualidades, y a veces también en las causalidades. 
Creo en el azar que inventamos como causa. 
Creo en el amor que nace, se construye y muere. 
Creo que, antes o después, todo muere, y creo que eso es bueno porque, cuando algo muere, los sueños renacen. 
Creo en los sueños. 
Creo que todo lo que hacemos, vuelve. 
Creo que todo lo que vuelve cicatriza y nos ayuda a crecer. 
Creo que, cuando crecemos, nos olvidamos de desear. 
Creo en el deseo como motor insatisfecho y  angustiante de la vida. 
Creo que me angustio sólo cuando tengo tiempo. 
Creo que no hay un destino de llegada, pero que siempre necesitamos ese horizonte. 
Creo que creer es mi horizonte. 
Por eso creo.

lunes, 5 de julio de 2010

Catorce años después


Él es Iorio.

Bueno, la verdad es que así le dicen. Y creo que le queda bien.

Heavy. 

Tiene una banda de heavy metal. Sí, heavy metal. Esa música que nos reenvía directo a la adolescencia y que creímos no existía más, parece que existe y que él enseña el género. 

Eléctrico.

Así se auto-define. Y si lo vieran, entenderían por qué. Corre, va y viene, con su cuerpo largo y flaco tan flaco y sus pelos erizados y largos tan largos, que parece un personaje salido de uno de esos dibujitos animados que acaba de meter sus dedos en el enchufe y en un plano horizontal recibe una descarga que lo deja así.
  
Lo conozco.

Desde hace mucho. Cuando éramos chicos ya tocaba la guitarra. Y cada vez que lo mirabas, en el recreo del colegio, en la esquina del barrio, en un colectivo o tirados en el parque, su mano derecha agitaba una púa imaginaria a la altura de su cadera, mientras sus labios murmuraban algo inaudible que uno suponía era la letra de una canción.