Que cercenamos, reprimimos, atesoramos.
Que nos desesperan, sobrepasan y sorprenden.
Que no aguantamos, presionan el estómago y duelen!
Que generan taquicardia, parálisis y temblores.
Que de a poco pasan, se alejan y adormecen…
Endormez!
C’est ça…
C’est fini.
Ahhh –suspiro-.
Pasó, ya pasó.
Hoy tuve unos de esos. Domingo a la tarde. Tarde, domingo. El ciclo vicioso del ordenar/desordenar y el vino. La etiqueta del vino que recorté hace tanto (tanto?) para sacarlo de la mesada de los recuerdos al incinerador de los olvidos. Y ahí estaba, ahí abajo, tapadita, en desorden, sin cofre protector, detenidita en su camino al crematorio. ¿Y ahora? La duda, peluda y eterna. ¿La tiro? ¿Tesoro o basura? Ahora que la guardé tanto…
Y claro, es difícil escapar del propio envase.
Y así, sin más, con puntas mal cortadas, entre medio romperse y medio enreliquiarse, selló su destino. El cuadernito, aquel manuscrito que tengo por ahí y… acá está. Su precario anillado salta en pequeños pedazos al agarrarlo. Hacía mucho que no lo tenía en mis manos. Mucho? Cuánto? Palabras para ber deja entrever la traslúcida contratapa. Y la duda, peluda… Y el impulso y el pulso, que se acelera. Me dejo caer sobre la fría cerámica bajo la eléctrica luz del caer la tarde.
Lo leo todo y me río todo, mientras mis pies se enfrían sobre el frío suelo y mi pelirroja cabellera pasea risueña allá por el muy lejos. Recuerdo y pienso y sonrío y me imagino y me planteo y replanteo. Esa perpetua cuestión acerca del límite entre la ficción y la no ficción, entre el escritor que escribe y cuánto de él dice lo que escribe y el lector que se desvive por creer y no creer en lo que lee.
¿Era cierto? ¿Yo lo creía?
Ahora lo creo, y creo que antes no. Pero, ¿por qué ahora sí?
Y lo siento llegar, tan rápido, tan de golpe! Sí, lo llamo, le pregunto. ¿Qué le pregunto? No sé, eso, la duda. ¿Qué duda? La del escritor, si de verdad pasó todo eso! ¿Y vos qué creés? No sé… que sí, que nervios, que presión sobre el estómago, temblor…
Voy. Y vengo. Guardo. Ordeno/desordeno. No, mejor lavo ropa. Agarro el teléfono. No, los mails. Agarro el teléfono. ¿Tengo crédito? Hambre. Un mate. ¿Para quéééé? El número. Ok, ¿qué le digo? Nada… o sea… O sea… Me río. Bueno… el número al que desea llamar no pertenece a un abonado en servicio. Ah, mira… bueno, fue. Me tiembla la mano, marqué mal. De nuevo… ¿de nuevo? Respiro. Tiemblo y tu tu tu tu.
Destino.
Me gusta creer más en las casualidades, pero ahora lo llamo destino.
Ya pasó, ya pasó… Ahh.
–suspiro-
En otra época no lo hubiera aguantado, no habría podido cercenarlo, adormecerlo, guardarlo.
-Últimamente veo cómo muchas cosas que me dije que haría hoy no hago y cómo muchas que bauticé “jamás” hoy afloran.-
Tiempo, es el tiempo, yo con y en el tiempo.
Ahora, la etiqueta del vino es señalador de páginas de un pasado y un presente que fue, tan verdadero, tan ficcional, tan increíble. Tan mío.










