“Horóscopo: recibirás un llamado inesperado”. Lo conociste un sábado y llamó el domingo, en un momento inoportuno. Le diste tu mail para arreglar mejor por esa vía un próximo encuentro. Te mandó otro mensaje disculpándose por ser inoportuno y pedir permiso para volver a llamarte a la noche. Le pediste que no lo hiciera. Volvió a llamar el miércoles, tras anunciarlo por mensaje de texto. Volvió a llamar el viernes, tres o cuatro veces. Arreglaron una salida tanguera para esa noche. “Horóscopo: luego de un día agotador, recibirás un e-mail”, fue el mensaje del sábado. Le dijiste que estabas ocupada ese finde y escribió con cinco propuestas distintas para el domingo. No contestaste su e-mail y te llamó el mismo domingo. Le dijiste que no, que era complicado. Te mandó otro mail con la programación del Día Internacional de los Derechos Humanos y con la del Día Nacional del Tango para el siguiente fin de semana. Estabas con mucho trabajo y no sabías si llegarías a terminar, y si llegabas te gustaría ir a una peña. Contestó que él tampoco tenía ganas de ir a las celebraciones cuya programación te había enviado, pero que aceptaría ir con vos a la peña. No respondiste. Se hizo tarde, cayeron unos amigos en tu casa y fueron todos para la peña. No le avisaste y te dio algo de culpa. Creíste que se enteraría y se ofendería. Pero no. Volvió a escribir con una decena “nuevas y fascinantes propuestas” para hacer juntos, vos y él, “nosotros”. Para que no perdieras tiempo en elegir, había hecho una pre-selección de cada una con comentarios incluidos. Para que no pudieras decir que no, podías optar por cualquier otra no incluida en la lista. Para que no gastaras tu tiempo en contestar, te llamaría luego para saber tu opinión. Para que él no derrochara más teléfono ni energía ni ilusiones, no te quedó otra que responderle con todas esas palabras que en general no se pronuncian porque uno las supone sobreentendidas en la mayoría de los casos. Salvo en éste.
sábado, 25 de diciembre de 2010
viernes, 24 de diciembre de 2010
7. El profe de educación física
Estabas sobria, de madrugada, a punto de irte. Tu amiga, con varias cervezas de más, seguía entablando amistades de ocasión en el bar-boliche de Palermo-algo. La mirabas y tu mente retrocedía unos siete u ocho años, hasta aquella juventud –la tuya- de pura sociabilidad beoda. De pronto se acercó él. Morocho, alto, lomazo, speed con vodka en mano. Vos, bufanda al cuello y cartera al hombro, le seguiste la conversa sin rumbo esperando que tu amiga se decidiera a partir. Pero no. A ella le pareció tan fachero que hizo todas las preguntas de rigor y hasta tuvo la gentileza de pasarle tu e-mail para que no te perdieras a semejante bombón. Era cierto, lo comprobaste tiempo después. Semejante bombón. Pura facha.
jueves, 23 de diciembre de 2010
8. El músico sonrisa Colinos
Una amiga en común te lo describió como si fuera tu alma gemela. Pensaste que podría andar: músico, folklorista, del interior. Lo buscaste en Facebook y chusmeaste sus fotos. Ella insistía en que el pelo largo tan hippie no le quedaba bien, pero vos juzgaste que no era feo. Se encontraron tête à tête en el casamiento de tu amiga. No te sacó los ojos de encima en toda la noche. Resulta que ya se habían cruzado alguna vez y tenían temas en común. Te invitó a bailar. Sus dientes perfectos sonreían. Te abrazaba para las fotos. Te hacía dar vueltas en la pista. Bailaron vals, cumbia, rock, música de los Balcanes. Te agarraba cual novio de tu cintura. Tu amiga, feliz, propuso un brindis por la nueva pareja. Última sonrisa Colinos para la foto. Chau, mucha suerte, dijo al despedirse.
miércoles, 22 de diciembre de 2010
9. El ególatra marca Filo
Se acercó y se presentó con nombre y apellido. No tenías ni idea quien era pero te hizo pensar que debías saberlo. Lo intentaste pero no, un completo nadie para vos. Tras tu natural expresión de ignorancia, explicó que era amigo de A, que había publicado B, que organizaba C y que formaba parte del “nosotros los de Filo”. Ah, cómo no haberse dado cuenta antes, pensaste. Te alejaste entre sigilosa y educada. Afortunadamente un conocido llegó en breve y pasaste a una conversación de frivolidades. El evento donde se encontraron estuvo bien intelectual-progre-cool-porteño. De a ratos lo mirabas y él te estaba mirando y giraba su cabeza y hacía como que no. Cuando terminó, intercambiaron algunas nuevas palabras. Agregó que tocaba en D, que estaría en E, que pronto organizaría F. Vos hiciste algunos chistes muy graciosos acerca de lo prolífico de su persona y se despidieron hasta la próxima. Se volvieron a cruzar tiempo después en el lanzamiento de un libro. Notaste su insistencia para que te lo presentaran nuevamente con nombre y apellido, por si no lo recordabas. Cómo olvidarlo, pensaste.
martes, 21 de diciembre de 2010
10. El galán remera celeste
Peña, domingo de diciembre y calor de 30°C. Tomás cerveza inevitablemente caliente con dos amigos, en una mesa compartida con un viejo que los mira de reojo. Lo distinguís a lo lejos, sentado cerca de la pista, cual presto bailarín. Sus miradas se cruzan. Empieza el baile. Con tus amigos arman tríos de chacareras simples, dobles y truncas. Cantás los pasos para los principiantes, como si bailaras desde la cuna. El trío se desarma cuando el galán remera celeste te saca a bailar. Aplaudís, zarandeás, girás, sonreís. Viene un bailecito y el galán remera celeste se excusa y vuelve a sentarse. Tus amigos lo escanean al instante. Lo miran mirarte y se entusiasman. Deciden elaborar un plan para establecer contacto. Vuelven los tres a la pista para que la escena se repita. Pero no funciona. Tu amigo te dice que es tímido. Se cambian de mesa y se sientan justo al lado del galán remera celeste. Pero no funciona. Tu amigo te obliga a cambiarte de silla para quedar de espaldas con él. Pero no funciona. Tus dos amigos te abandonan y se van a observar la escena de lejos. Girás el cuerpo y quedan codo a codo. Por fin inicia una conversación. Que el bailecito, que el tango, que la vida que los trajo hasta aquí. Arranca una banda de copleros. Silencio. Nueva cerveza caliente. Embole de coplas y calor agobiante. Insistencia de tus amigos porque es tan lindo. Sidra helada y chin chin, por el año, por ustedes, por el galán de remera celeste que se aleja entre perdido y tímido. No te gustan los tímidos pero tus amigos no paran de insistir. Fin de la peña. Bondi a casa con el galán remera celeste. Que vive por tu barrio, que toca tango, que frecuenta milongas, que sonríe lindo, que dice que necesita dos vinos para largarse a la pista. Ok, lo aceptás, es tímido. Dice que te ve en la próxima milonga. Decís que ojalá. No te gustan los tímidos.
lunes, 22 de noviembre de 2010
Café du cirque
Las estrellas,
sin trapecio,
sin red,
sin una póliza de seguro entre los senos,
y la luna
-97 kilos en la balanza de una botica de Saturno-
que ha dejado caer
su vestido de lentejuelas
-único recuerdo de su vida de "music hall"-
sobre la pista,
donde el mar,
entre tumbos de excéntrico,
enrolla y desenrolla su tapiz.
El programa de siempre:
Pantomima de amor.
Extracto de Circo, de Oliverio Girondo
domingo, 31 de octubre de 2010
El debut
Llegué temprano, para aflojar tensiones y nervios in situ. No quise comer ni tomar nada. Cargué sillas, corrí tablones, ordené mesas, apilé gradas, acomodé butacas. Trajeron un trapecio que nunca antes había usado y lo colgaron a una altura a la que nunca antes había estado. Todos coincidimos en que, a esa altura, no haríamos nuestros números. Lo bajaron un poco, muy poco. Mi profesor amenazó con tarima de madera debajo del trape. Logramos convencerlo con un lindo colchón blanco sobre la tarima.
Subí por una cuerda negra hasta la barra del trapecio. “Probalo”, insistió. Me colgué y empecé a temblar. Las vigas del galpón estaban a la altura de mis ojos. “No voy a poder, no voy a poder”, era lo único que pensaba. Intenté hacer algunos ejercicios, pese al temblequeo de mis piernas, agarrándome bien fuerte de las cuerdas. Terror. Eso sentía. Terror. Y muchos nervios. Y el circo aún estaba vacío.
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